Timidez

Posted in Uncategorized on abril 24, 2016 by diariodeundonnadie

Eran dos chavales , ella y él, portaban ese gesto, justo ese, una mezcla de miedo y control forzado y ganas y nervios, como a punto de dar un paso importante y no ver el momento, o haber planeado el momento pero no la reacción del otro, o su propia e intransferible sensación al dar el paso y, sin embargo, sabiéndose los dos que tendría que ser hoy a más tardar y el mundo de él y el mundo de ella giraran exclusivamente en torno a ello. No se habían besado nunca, pero habían visto tantos besos, habían oído y pensado y soñado tantos besos, que el trámite de hacerlo ya apenas consistía en aplicar la teoría a una práctica segura y continuada en el tiempo, desde hoy hasta el final de sus días como punto de inflexión al universo adulto. Supongo que los dos, la una y el otro, ya habrían planeado mentalmente en qué momento exacto hacerlo. Sería al despedirse. Sería al bajarse los dos del metro y acompañarle él a ella y decirse temblando: “Tengo que irme ya” y acercarse mutuamente, los dos, a la vez, con los labios muertos de miedo, tomándose tal vez de las manos (porque algo hay que hacer con las manos) o puede que posándolas torpes en la cintura del otro cuerpo, y entreabrir la boca y no saber cuándo parar, o separarse un momento y repetir, o quedarse así pegados.

Y después de aquel primer beso de despedida, cada cual se iría a su casa, y él ensayaría rápido, en apenas cinco pisos frente al espejo del ascensor, distintas caras de poker que ofrecer a sus padres (aunque los ojos y las mejillas del recién besado siempre delaten), y él caminaría por la acera reconvertida en nube blanda, rememorando en bucle aquel momento exacto de acercarse a ella y tocar la superficie de sus labios tersos, y comprobar que ella cerraba los ojos, y cerrarlos él también, dejándose llevar hacia un terreno que ninguno de los dos conocía. Y de este modo acabaría el día más importante del resto de sus días importantes.

Mi país

Posted in Uncategorized on diciembre 31, 2015 by diariodeundonnadie

No hubo transición entre nosotros: la dictadura del amor llegó como uno torrente y se enrocó en mi corazón azulado por la asfixia de sentirte, latiendo sin pausa por tus huesos. Eres mi verdadero reino, mi patria, y mi bandera (que diseñé yo mismos con el escudo de lo nuestro), y mis ganas de tenerte ondeando en los balcones de cada ayuntamiento, de cada provincia, de cada municipio, definitivamente, la patria que me habita.

Tus huellas

Posted in Uncategorized on diciembre 27, 2015 by diariodeundonnadie

Siempre que nieva creo que está ahí , tumbada. Pálida y viva, como tú eres. Que duermes cubierta por un manto blanco.

Siempre que nieva corro a sacar la pala y buscarte. Desenterrarte. Escarbar por toda la calle, sudando vaho, desesperado.

Tumbarme boca arriba y hacer para el ángel que tú eres y  así levitar para poder buscarte desde lo alto. O hundir mi nariz en la nieve y seguir tu rastro. O unir dos cables pelados y esperar a que chispees. O pasear, calle arriba, calle abajo, calle arriba, calle abajo, esperando que mis pasos te hagan caer de nuevo y escupir nieve.

Y, de encontrar tu cuerpo, te llevaría en brazos a la bañera de mi casa y abriría el grifo del agua caliente hasta que abrieras los ojos y me reconocieras. Entonces te preguntaría:

“¿Por qué no apareciste antes?”

Después te abrazaría cual gota agarrada a la punta de una estalactita, pensando que somos lo mismo pero distintos. Distintos estados de un mismo agua.

Aunque mis huellas cubran el suelo antes que tu nieve.

Posted in Uncategorized on diciembre 27, 2015 by diariodeundonnadie

Piel de leche desnatada. Ojos de cristal de bohemia, pómulos de pomelo, labios cárnicos y sedados de seda. Una trenza a un lado del hombro derecho. Un vestido color montaña, unas manos que se entrelazan, como rezando sin querer al dios de los tembleques y los rubores. Un cuerpo vivo pero deliciosamente hermoso.

Mira sin mirar a tus ojos y saber que son los únicos ojos que quiero ver, por eso miro despacio, alargando cada mirada lo más posible.

Decidí escribir sobre tu piel, mientras dormías, el nombre de cada uno de tus miembros. Con un rotulador anoté “brazo izquierdo” a lo largo de tu brazo izquierdo,“almohada” en tu vientre, o “muslo” en el interior de cada pierna.

Al despertarte transformada en bloc de notas dérmicas te conté mis motivos y tú también decidiste hacer lo mismo: Escribir en mi piel el nombre de cada parte de mi cuerpo para no caer en la enfermedad del olvido.

Luego, al ducharnos juntos, las palabras comenzaron a correrse y a caerse de su sitio. El nombre escrito de tu “hombro derecho” ahora se encontraba en tu pecho izquierdo, y el de la “cadera” en una rodilla. El nombre de mis pies se los tragó el sumidero, y el nombre de mi espalda, al juntarla con la tuya, se pegó a tu piel invirtiendo el orden de sus letras. Salimos de la ducha y, sin secarnos siquiera, hicimos el amor con nuestros cuerpos completamente descolocados, envueltos ambos en un delicioso caos anatómico.

Horas más tarde, me preguntaron por qué llevaba la palabra codo en la palma de mi mano, no pude evitar esbozar una sonrisa.

Aventuras de un don nadie

Posted in Uncategorized on septiembre 13, 2015 by diariodeundonnadie

– ¿Tienes hijos? – me preguntó una mujer mayor

– No.

– ¿Estás casado?

– No.

– Entonces, imagino que vives con tu pareja…

– Vivo solo, señora.

– ¿Y eso?

– ¿A qué se refiere con “y eso”?

– No, nada… solo que no es “lo normal”.

– ¿”Lo normal” para alguien de mi edad, quiere decir?

– Diría que sí.

– ¿Cree que vivo solo porque tengo algún problema para conseguir pareja?

– Yo no he dicho es…

– No tengo el más mínimo problema, señora. Vivo solo porque me gusta vivir solo. Disfruto viviendo solo, como Cortázar. Las parejas estables, las uniones formales hasta que la muerte nos separe, no son más que subproductos de la más rancia tradición católica. Y toda tradición limita el curso del libre pensamiento. Las tradiciones son, sistemáticamente, anti natura. Unirme a una mujer tal y como usted lo entiende supondría capar mis posibles y futuros sentimientos hacia otras mujeres. Tener ojos para una sola mujer implica volverse ciego para el resto o ser un cínico y ocultarlo o un reprimido o un falso abocado a llevar una doble vida al margen de tu propia pareja. Me niego a eso. Y me niego, también, a tener hijos. Si las parejas estables limitan tu más íntima libertad, imagínese con uno o varios hijos a tu cargo, y aun así es lo que más ansío en este mundo.

– ¿Quién es Cortázar?

– ¿Sabía usted señora que Google sigue asociando la palabra “soledad” con “tristeza”? Busque fotos usando como el criterio “soledad”, y se dará cuenta de lo que digo. Sólo aparecen fotos de rostros tristes y compungidos. ¿Me ve triste? No. No soy ningún triste. Google es triste. Triste y gilipollas. Envié a Google España unos cuantos correos, quejándome. Sigo esperando respuesta.

– ¿Quién es Google?

– Nada. Olvídelo.

Otra mujer haciendo turismo se sentó a mi lado y me indicó su destino señalando un mapa con una cruz dibujada (era un hotel en una calle aledaña pegada a Gran Vía). Ella no hablaba mi idioma ni yo el suyo; tampoco hacía falta.

Movía mi dedo por el mapa, una calle, una cuarta, una quinta y al señalar la cuarta calle mi dedo meñique rozó sin querer su mano. La mujer, en lugar de distanciarse, no se sobresaltó. Acercó también su meñique y se dejó rozar apartando su mirada hacia el mapa, tal vez para evitar mis ojos, por decoro o simplemente disimulo.

Un frenazo del tren hizo que me apartara de ella, o lo que es lo mismo, de su dedo, pero hice lo posible para remediarlo y así reencontrarme de nuevo con su roce.

Esta vez no fue sólo el meñique, sino su dedo corazón el que me estaba esperando. Me quedé señalando la cuarta calle durante todo el tiempo que me fue posible y comenzamos a mover los dedos, a acariciar las yemas del otro, y de ahí pasamos al resto de los dedos y a la palma de la mano, surcando las líneas del otro (quiromancia ciega, pensé) siempre sin mirarnos, yo atento al metro y ella a su mapa.

Llegó a su destino intentando que el tiempo pasara lo más lento posible para no perderme ni un instante de su roce. Al llegar a su parada, ella despegó su mano de la mía para levantarse. Luego se marchó, como si nada.

Siempre que veo a alguien comiendo de su Tupperware en un parque, o sentado en un banco o en el metro, me da por pensar que hay alguien detrás, distinto al que come, que preparó la noche anterior para él o para ella esos filetes empanados, o esa ensalada de pasta fría. Un marido o una mujer o una madre o un padre o un hermano cocinando algo distinto cada día, para no repetirse: mañana tortilla porque ayer hubo pescado, metiendo esos Tupper ya elaborados en la nevera, junto a los yogoures que también cogerá y la bolsa isotérmica fuera, sobre la encimera. Me gusta pensar que algunas parejas recortarán la fruta con formas varias (un corazón o una cara sonriente uniendo kiwis y fresas) o dejarán notas dentro de cada Tupper para sorprender al que lo abre: Un te quiero distinto cada día sobre los muslos de pollo, o un eres preciosa entre las hojas de lechuga de la ensalada sin aliñar.

Yo no tengo a nadie que me prepare los Tuppers, ni siquiera tengo Tuppers en la cocina pero quería saber qué se siente comiendo en ellos sentado al sol en un parque. Por eso he comprado esta mañana un juego de Tuppers en los chinos y, en una tienda de alimentación, un sandwich de pavo (nunca antes había comido un sándwich de pavo, pero pensé que pegaría con la escena), una ensalada mediterránea envasada al vacío, una manzana y una botella de agua (tampoco suelo beber agua en la comida, pero también pegaba). He metido el sandwich y la ensalada en sendos Tuppers, así como un par de notas escritas por mí (no os diré lo que decían por preservar mi intimidad) y luego me he bajado a un parque justo al lado y me he sentado en un banco distinto al del resto de los comensales allí esparcidos. Al abrir mi primer Tupper he sacado la nota, despacio, y al leerla he sonreído para que los demás supieran que a mí también me habían preparado la comida.

Primero me he comido la ensalada, bien despacio, luego el sandwich (estaba asqueroso, pero por motivos obvios he fingido lo contrario), luego la manzana y, después de recogerlo todo y meterlo en la bolsa, he permanecido un rato al sol. Diez minutos después he mirado el reloj como si yo también tuviera hora de entrada al trabajo y me he marchado.

Aquella escena me ha hecho sentir bien de verdad. Puede que lo repita en un parque distinto, o en ese mismo a la misma hora, ¿por qué no?

Onírico

Posted in Uncategorized on agosto 24, 2015 by diariodeundonnadie

Algunas veces nos cuesta diferenciar el sueño de la vigilia. O tal vez no queramos. Abro un ojo y poco a poco comienzo a tomar conciencia: el tacto de la almohada, la mesilla, un reloj, un póster colgado en la pared que reconoces, tu pared, el dormitorio, tu casa, tu mundo, tienes hambre y ganas de ir al baño. Ahora sé, aunque no quiero, que lo de atrás era un sueño, que no soy ningún galán con melena ni mucho menos conseguí rescatar a la princesa del averno . Aun así me resisto a creer que aquello no existiera. Parecía TAN real…

Abro el ojo justo antes de acceder a la cama onírica de una dama cuyo rostro no recuerdo. Justo antes del beso, del roce, de la fusión descarnada. Me levanto de la cama, desayuno, me desperezo del todo, miro mis redes sociales. No paro de pensar en ese rostro. Trato de reconstruir cada uno de sus rasgos. La línea de sus ojos, el mentón, las comisuras. No recuerdo nada (puede que su imagen apareciera pixelada para preservar su intimidad, aun en mis sueños).

Quizás si volviera a verla sabría que es ella. Salgo a trabajar, cojo el metro y comienzan a pasar las estaciones, pero no estoy pendiente de la mía. Hoy no. Busco un rostro que encaje con la dama de mi sueño. De dar con ella es posible consiguiera concluir la historia. Saber al fin a qué saben los besos en sueños. Nada peor que los sueños a medias, los besos a medias. Decapitado amor, como siempre.

No busques mi bala perdida. Me la tragué. Si te dije que te quiero eternamente yo no miento pero sabes, tan bien como yo, que lo eterno es el momento: esa mirada justo antes del sueño. Y mañana, ¿quién soy yo para saberlo? Sólo sé que soy informático. Mañana será siempre otra vida con nuevos aires, otro viaje en metro al mismo sitio, distintos rostros. No puedo renunciar a eso. Demasiado tentador.

Rectifico. Te quiero eternamente ahora, amor.

Mientras tiras tu toalla le das cuerda al reloj. Sabes que no podrás cambiarme. Tal vez el tiempo. El paso del tiempo lo cambia todo: asienta cabezas, frena las ansias, cierra los bares. Inventa nuevos instintos. Niña y niño, un perro y una casa con porche. No quiero eso. Hoy no, mañana no. Si lo quisiera mañana, mañana sería siempre. Y siempre es la muerte en vida, vida mía. Y la vida son dos días. Con su casas con porches.

O buscar esa aguja capaz de explotar mi burbuja sin hacer ruido. Mi burbuja opaca o con vistas, según el día (o los rostros del metro). Reforzada, en cualquier caso, a la altura del corazón. Por si me tienta el parasiempre. Chaleco antibalas contra un Cupido disfrazado de desidia. Que la ciencia consiga clonar a Cupido por miles. Que ardan en la hoguera los contratos.

Imposible decir tanto en tan poco espacio. Sólo añadir que te quiero eternamente ahora, amor.

No puedo dormir

Posted in Uncategorized on agosto 22, 2015 by diariodeundonnadie

A mí la calle Mayor no me dice nada, pero en esa esquina tú esperaste durante mil latidos al amor de veras y también llovía  y te calaste y no llegaba y no llegó. La calle Mayor para ti es Laura, el dolor de Laura, un resfriado. Y siempre que cruces Mayor, aparte de estornudar, te sentirás pequeño.

Tú ignoras la plaza de España, pero ahí, en ese parque, me emborraché por primera vez. Ahí traté de saciar mi sed de vida con cerveza. Ahí aprendí que el YA excita, pero también mancha. La plaza de España para mí es espuma y huele a tinte.

Yo no sé qué es Gran Vía para ti. Tal vez muchas cosas. Algunas calles son mil recuerdos diluidos. Tantos y tan mezclados que al cruzarla no sientes nada.

O esos lugares que cambian para quedarse. Atocha pasó de Sabina a masacre.  De maletas a impotencia. Del bienvenido al no vuelvas. Y siempre será así.

Y tú podrás evitar ciertas calles que duelen. Podrás cambiar tu ruta del trabajo a casa. También rememorar ciertos momentos. Podrás buscar adrede el callejón de tu primer beso, mirar atrás porque lo tienes delante.