Mi casa

Tengo una casa en mi cabeza, la típica casa en la que sueñas vivir, ya sabes, con su jardincito, su pequeña piscina, su garaje para mi cohe y una buhardilla donde escribir. También tengo pensado que viviré solo, y que yo mismo me encargaré de limpiar el polvo y de planchar la ropa (me encanta planchar: siempre que plancho me imagino capitán de un barco aplanando las olas del mar).

Y en la casa de al lado vivirá una vecina de esas con un marido que viaja mucho. Perros no. Ni gatos. Me angustian los vertebrados que no hablan.

Con el tiempo he ido perfeccionando cada detalle de esa casa hasta tal punto, que ahora la tengo perfectamente instalada en mi cabeza. Y recorro sus pasillos mentalmente, y entro en el baño de abajo, todo está muy limpio, y me veo escribiendo en la buhardilla, por ejemplo, lo que lees. Esto que lees ahora está escrito desde la buhardilla de mi casa de dentro.

Pero últimamente me está pasando algo inquietante. Desde hace un tiempo no puedo evitar asociar habitaciones de esa casa con mis estados de ánimo. Cuando algo me asusta, me veo de inmediato en la habitación del fondo del pasillo a la derecha, acurrucado en la esquina opuesta a la ventana. O cuando estoy motivado, me veo en el salón, donde se encuentra el equipo de música. O si cambio de estado de ánimo, me veo subiendo o bajando las escaleras de mi casa de dentro. O si monta en mi coche alguna guapa mujer me veo en el dormitorio. Pero no en el mío real, sino en la cama con dosel de mi casa de dentro.

Anoche, por ejemplo, desperté flotando en la piscina.

Si no existiera el pasado, morirían de sed los psiquiatras. No habría vicios, ni reproches, ni manchas, ni parches, ni ojeras, ni canas. Empiezas algo serio con alguien y piensas: es mejor quemar su libro que pasar página, es mejor comenzar en un blanco absoluto, aunque te mientas.

Y dices: a partir de ahora serás lo que soy contigo.

Y piensas: todas esas cicatrices nacieron con ella (y aquel tatuaje también. Viene de fábrica).

Los amores recientes no asumen huellas, construyen futuros sobre cuerpos presentes: las pieles son nuevas, las espaldas son nuevas. No hay peso, ni lumbalgias. No hay memoria.

Ella compra un pintalabios sólo para ti, que es su forma de estrenar tus besos. Pero pasa el tiempo, la lluvia corroe y el carmín se seca. Y al final, el pasado del otro siempre llega demasiado pronto. Es la indomable curiosidad por levantar sus capas, por querer saberlo todo más allá de ti.

Y entonces te preguntas: ¿Qué esconderá esa cicatriz? ¿qué historia habrá detrás de aquel tatuaje? Y lo que sea que conteste, o aprietas los dientes y lo asumes todo, o decides jugar a la amnesia, o vuestra historia acabará cadáver.

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