Reducción al absurdo

Las drogas te llevan por el mal camino, pero al menos es UN camino y no cientos, madre de Dios: ¿cuál elijo? ¿seguir recto y e ir por la acera izquierda?, ¿seguir recto e ir por la acera derecha?, ¿girar la próxima calle a la izquierda?, ¿girar luego a la derecha? ¿detenerme en esa parada de autobús y esperar al siguiente? Me atoro y al final giro, yo qué sé, por Ayala. Cruzo Lagasca y justo delante, a unos metros. Veo un bar, me apetece una cerveza y me meto.

Está lleno de gente, todos (camareros incluidos) mirando y gritando al televisor. Hay fútbol. España contra otro equipo que no es España. Busco un hueco en la barra y pido una jarra de cerveza. El camarero me la sirve mientras mira de reojo el partido. Justo en ese instante surge una ocasión de gol y todos (camareros incluidos) bufan: Uuuuuy. Las veinte o veinticinco personas que abarrotan el local soltando al unísono el mismo y exacto bramido: Uuuuuy. Perfectamente coordinados: Uuuuuy. Sin conocerse entre ellos y sin haberlo ensayado: Uuuuuy. Realmente asombroso.

Todos (camareros incluidos) unidos en torno a un mismo objetivo: que España meta más goles que el otro. Noventa minutos (o cuanto coño dure eso) embebidos en una sola y simple idea. Reducción al absurdo que ahora, en este preciso momento, me produce cierta envidia: yo también quiero. Aquí no hay decisiones que tomar. Son los otros, a miles de kilómetros de distancia, los que eligen por ti aunque haciéndote partícipe de ello.

Luego se produce un hecho insólito. Un jugador de España mete el balón en la portería contraria y entonces todos, igual que antes pero más fuerte, como si les fuera la vida en ello, gritan: GOOOOOL. No ha sido un Uuuuuy esta vez, sino GOOOOOL. Repito: todos. Los camareros también.

En ese preciso instante, el hombre que me precede (un tipo bajito y gordinflón) se da la vuelta y sin conocerme de nada va y me abraza. Es la primera vez que me abraza un hombre en mucho tiempo. Pero el abrazo dura poco, no puedo retenerle, se me escapa. Apenas fueron dos o tres segundos.

Cinco minutos después el gilipollas del árbitro pita el final. Yo quería más goles, prolongar el pensamiento único y coordinado. No pensar ni tomar decisiones. Que me abracen muchos hombres.

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