Miedo

No lo llames amor por la vida. Llámalo instinto. Busco bares llenos para no sentirme solo, aunque no hable o no tenga intención de hacerlo. Entro, saludo cabizbajo al portero, me acercp a la barra y pido una cerveza fingiendo entereza.

Bebo: nunca me acostumbraré al primer sorbo.

Y observo.

Al fondo, en la pista, baila una chica y sonrío. Te mira. Tal vez piense que soy patético, pero sigo sonriendo porque empatizo con sus caderas, con sus brazos que se mueven como paréntesis: me llevan a sentir algo, lo que sea. Yo no sé bailar, no tengo ritmo, así que continúo acodado en la barra mientras recuerdo, no sé por qué, aquellos largos paseos de tu infancia con mi padre, de la mano, en silencio. Apenas ha cambiado nada desde entonces. Cambié la mano de mi padre por una cerveza, pero sigo siendo el mismo niño absorto.

El tiempo sólo me ha enseñado a disimular el miedo.

Doy el último trago, salgo del bar y cojo el búho. Voy a casa. Por el camino, pienso en las caderas de aquella chica y sonrío. Era muy guapa. Tal vez vuelva a ese bar mañana.

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