Basado en pensamientos reales

Fregué toda la casa: el suelo del baño, la cocina, el salón, el pasillo, y al llegar con el mocho a mi habitación acabé el trabajo subido a la cama, esperando a que el suelo acabara de secarse. Arrodillado en la cama y con el palo de la fregona en alto, tenía la sensación de ser un náufrago en el mar de una casa que no es la mía, lo cual me hacía sentir extrañamente bien, como a salvo de todo. Me tumbé en la cama y todo parecía en calma: el mar del suelo y el gotelé del techo que hacía las veces de un cielo estrellado y eterno. ¿Qué más necesito?. Tengo wifi, y el teléfono a mano, en la mesilla. Y si quiero sexo, puedo imaginar que la fregona es una bella dama. Anoréxica, sí, pero nadie es perfecto. Y cuento con una imaginación portentosa. Puedo jugar dar un paseo por la calle desde mi cama y escribir anécdotas sobre personas inventadas. O soñar con otros mundos más nuevos o sin los vicios de este. O chatear con divorciadas de Florida. O comprar por amazon fotos antiguas, o monociclos, o relojes sin pila, o lo que me dé la gana.

De hecho, me puse más cómodo y empecé a crear este post desde la cama. Desde la isla. Seguro que el suelo ya se habrá secado pero no quiero mirar. Prefiero pensar que sigue mojado. Que seguirá mojado por siempre y yo aquí, asombrado de lo que podría ser capaz sin apenas nada.

Hubiera preferido marcarte yo el destino sin mediar palabra. Que al entrar en mi cama me dijeras: “Al fin del mundo” pero yo entendiera o quisiera entender “para siempre” y apagara la luz y te llevara lejos, a aquel terraplén con vistas donde hace siglos iba andando y soñaba cosas chulas (o buscaba con torpeza el broche de algún que otro sujetador). Y tú a mi lado en silencio, consciente del cambio de rumbo pero dejándote llevar, soltándote el pelo, cubriéndome con tus brazos y lanzando contra el asfalto tus tacones de suela roja, tus prejuicios y tu teléfono. Y que al llegar al mismo borde del terraplén  y encienda la música (algo de los Smiths, Some girls are bigger than others, o Please, please, please let me get what I want), y nos miremos a los ojos , y en ese momento exacto encontremos el sonido y el sabor y la densidad exacta de lo que siempre entendimos que es la vida. Sólo mi cama y la ciudad a lo lejos: los edificios pequeños, esos miles de puntos de luz que iluminan a nadie en particular.

Y quedarnos allí, perennes. Asombrados pero quietos. Sin hablar porque no hace falta decir nada, porque todo es perfecto tal cual: a veces se nos olvida esto. La intensidad de un instante sencillo. Los silencios cómplices aun entre perfectos desconocidos. Sentirnos bien sin preguntarnos porqué o cómo hemos llegado hasta aquí o qué haremos luego. Porque ahora no hay luego que valga. La plenitud es la ausencia de luegos.

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