Onírico

Algunas veces nos cuesta diferenciar el sueño de la vigilia. O tal vez no queramos. Abro un ojo y poco a poco comienzo a tomar conciencia: el tacto de la almohada, la mesilla, un reloj, un póster colgado en la pared que reconoces, tu pared, el dormitorio, tu casa, tu mundo, tienes hambre y ganas de ir al baño. Ahora sé, aunque no quiero, que lo de atrás era un sueño, que no soy ningún galán con melena ni mucho menos conseguí rescatar a la princesa del averno . Aun así me resisto a creer que aquello no existiera. Parecía TAN real…

Abro el ojo justo antes de acceder a la cama onírica de una dama cuyo rostro no recuerdo. Justo antes del beso, del roce, de la fusión descarnada. Me levanto de la cama, desayuno, me desperezo del todo, miro mis redes sociales. No paro de pensar en ese rostro. Trato de reconstruir cada uno de sus rasgos. La línea de sus ojos, el mentón, las comisuras. No recuerdo nada (puede que su imagen apareciera pixelada para preservar su intimidad, aun en mis sueños).

Quizás si volviera a verla sabría que es ella. Salgo a trabajar, cojo el metro y comienzan a pasar las estaciones, pero no estoy pendiente de la mía. Hoy no. Busco un rostro que encaje con la dama de mi sueño. De dar con ella es posible consiguiera concluir la historia. Saber al fin a qué saben los besos en sueños. Nada peor que los sueños a medias, los besos a medias. Decapitado amor, como siempre.

No busques mi bala perdida. Me la tragué. Si te dije que te quiero eternamente yo no miento pero sabes, tan bien como yo, que lo eterno es el momento: esa mirada justo antes del sueño. Y mañana, ¿quién soy yo para saberlo? Sólo sé que soy informático. Mañana será siempre otra vida con nuevos aires, otro viaje en metro al mismo sitio, distintos rostros. No puedo renunciar a eso. Demasiado tentador.

Rectifico. Te quiero eternamente ahora, amor.

Mientras tiras tu toalla le das cuerda al reloj. Sabes que no podrás cambiarme. Tal vez el tiempo. El paso del tiempo lo cambia todo: asienta cabezas, frena las ansias, cierra los bares. Inventa nuevos instintos. Niña y niño, un perro y una casa con porche. No quiero eso. Hoy no, mañana no. Si lo quisiera mañana, mañana sería siempre. Y siempre es la muerte en vida, vida mía. Y la vida son dos días. Con su casas con porches.

O buscar esa aguja capaz de explotar mi burbuja sin hacer ruido. Mi burbuja opaca o con vistas, según el día (o los rostros del metro). Reforzada, en cualquier caso, a la altura del corazón. Por si me tienta el parasiempre. Chaleco antibalas contra un Cupido disfrazado de desidia. Que la ciencia consiga clonar a Cupido por miles. Que ardan en la hoguera los contratos.

Imposible decir tanto en tan poco espacio. Sólo añadir que te quiero eternamente ahora, amor.

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