Aventuras de un don nadie

– ¿Tienes hijos? – me preguntó una mujer mayor

– No.

– ¿Estás casado?

– No.

– Entonces, imagino que vives con tu pareja…

– Vivo solo, señora.

– ¿Y eso?

– ¿A qué se refiere con “y eso”?

– No, nada… solo que no es “lo normal”.

– ¿”Lo normal” para alguien de mi edad, quiere decir?

– Diría que sí.

– ¿Cree que vivo solo porque tengo algún problema para conseguir pareja?

– Yo no he dicho es…

– No tengo el más mínimo problema, señora. Vivo solo porque me gusta vivir solo. Disfruto viviendo solo, como Cortázar. Las parejas estables, las uniones formales hasta que la muerte nos separe, no son más que subproductos de la más rancia tradición católica. Y toda tradición limita el curso del libre pensamiento. Las tradiciones son, sistemáticamente, anti natura. Unirme a una mujer tal y como usted lo entiende supondría capar mis posibles y futuros sentimientos hacia otras mujeres. Tener ojos para una sola mujer implica volverse ciego para el resto o ser un cínico y ocultarlo o un reprimido o un falso abocado a llevar una doble vida al margen de tu propia pareja. Me niego a eso. Y me niego, también, a tener hijos. Si las parejas estables limitan tu más íntima libertad, imagínese con uno o varios hijos a tu cargo, y aun así es lo que más ansío en este mundo.

– ¿Quién es Cortázar?

– ¿Sabía usted señora que Google sigue asociando la palabra “soledad” con “tristeza”? Busque fotos usando como el criterio “soledad”, y se dará cuenta de lo que digo. Sólo aparecen fotos de rostros tristes y compungidos. ¿Me ve triste? No. No soy ningún triste. Google es triste. Triste y gilipollas. Envié a Google España unos cuantos correos, quejándome. Sigo esperando respuesta.

– ¿Quién es Google?

– Nada. Olvídelo.

Otra mujer haciendo turismo se sentó a mi lado y me indicó su destino señalando un mapa con una cruz dibujada (era un hotel en una calle aledaña pegada a Gran Vía). Ella no hablaba mi idioma ni yo el suyo; tampoco hacía falta.

Movía mi dedo por el mapa, una calle, una cuarta, una quinta y al señalar la cuarta calle mi dedo meñique rozó sin querer su mano. La mujer, en lugar de distanciarse, no se sobresaltó. Acercó también su meñique y se dejó rozar apartando su mirada hacia el mapa, tal vez para evitar mis ojos, por decoro o simplemente disimulo.

Un frenazo del tren hizo que me apartara de ella, o lo que es lo mismo, de su dedo, pero hice lo posible para remediarlo y así reencontrarme de nuevo con su roce.

Esta vez no fue sólo el meñique, sino su dedo corazón el que me estaba esperando. Me quedé señalando la cuarta calle durante todo el tiempo que me fue posible y comenzamos a mover los dedos, a acariciar las yemas del otro, y de ahí pasamos al resto de los dedos y a la palma de la mano, surcando las líneas del otro (quiromancia ciega, pensé) siempre sin mirarnos, yo atento al metro y ella a su mapa.

Llegó a su destino intentando que el tiempo pasara lo más lento posible para no perderme ni un instante de su roce. Al llegar a su parada, ella despegó su mano de la mía para levantarse. Luego se marchó, como si nada.

Siempre que veo a alguien comiendo de su Tupperware en un parque, o sentado en un banco o en el metro, me da por pensar que hay alguien detrás, distinto al que come, que preparó la noche anterior para él o para ella esos filetes empanados, o esa ensalada de pasta fría. Un marido o una mujer o una madre o un padre o un hermano cocinando algo distinto cada día, para no repetirse: mañana tortilla porque ayer hubo pescado, metiendo esos Tupper ya elaborados en la nevera, junto a los yogoures que también cogerá y la bolsa isotérmica fuera, sobre la encimera. Me gusta pensar que algunas parejas recortarán la fruta con formas varias (un corazón o una cara sonriente uniendo kiwis y fresas) o dejarán notas dentro de cada Tupper para sorprender al que lo abre: Un te quiero distinto cada día sobre los muslos de pollo, o un eres preciosa entre las hojas de lechuga de la ensalada sin aliñar.

Yo no tengo a nadie que me prepare los Tuppers, ni siquiera tengo Tuppers en la cocina pero quería saber qué se siente comiendo en ellos sentado al sol en un parque. Por eso he comprado esta mañana un juego de Tuppers en los chinos y, en una tienda de alimentación, un sandwich de pavo (nunca antes había comido un sándwich de pavo, pero pensé que pegaría con la escena), una ensalada mediterránea envasada al vacío, una manzana y una botella de agua (tampoco suelo beber agua en la comida, pero también pegaba). He metido el sandwich y la ensalada en sendos Tuppers, así como un par de notas escritas por mí (no os diré lo que decían por preservar mi intimidad) y luego me he bajado a un parque justo al lado y me he sentado en un banco distinto al del resto de los comensales allí esparcidos. Al abrir mi primer Tupper he sacado la nota, despacio, y al leerla he sonreído para que los demás supieran que a mí también me habían preparado la comida.

Primero me he comido la ensalada, bien despacio, luego el sandwich (estaba asqueroso, pero por motivos obvios he fingido lo contrario), luego la manzana y, después de recogerlo todo y meterlo en la bolsa, he permanecido un rato al sol. Diez minutos después he mirado el reloj como si yo también tuviera hora de entrada al trabajo y me he marchado.

Aquella escena me ha hecho sentir bien de verdad. Puede que lo repita en un parque distinto, o en ese mismo a la misma hora, ¿por qué no?

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