Piel de leche desnatada. Ojos de cristal de bohemia, pómulos de pomelo, labios cárnicos y sedados de seda. Una trenza a un lado del hombro derecho. Un vestido color montaña, unas manos que se entrelazan, como rezando sin querer al dios de los tembleques y los rubores. Un cuerpo vivo pero deliciosamente hermoso.

Mira sin mirar a tus ojos y saber que son los únicos ojos que quiero ver, por eso miro despacio, alargando cada mirada lo más posible.

Decidí escribir sobre tu piel, mientras dormías, el nombre de cada uno de tus miembros. Con un rotulador anoté “brazo izquierdo” a lo largo de tu brazo izquierdo,“almohada” en tu vientre, o “muslo” en el interior de cada pierna.

Al despertarte transformada en bloc de notas dérmicas te conté mis motivos y tú también decidiste hacer lo mismo: Escribir en mi piel el nombre de cada parte de mi cuerpo para no caer en la enfermedad del olvido.

Luego, al ducharnos juntos, las palabras comenzaron a correrse y a caerse de su sitio. El nombre escrito de tu “hombro derecho” ahora se encontraba en tu pecho izquierdo, y el de la “cadera” en una rodilla. El nombre de mis pies se los tragó el sumidero, y el nombre de mi espalda, al juntarla con la tuya, se pegó a tu piel invirtiendo el orden de sus letras. Salimos de la ducha y, sin secarnos siquiera, hicimos el amor con nuestros cuerpos completamente descolocados, envueltos ambos en un delicioso caos anatómico.

Horas más tarde, me preguntaron por qué llevaba la palabra codo en la palma de mi mano, no pude evitar esbozar una sonrisa.

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